Bienvenidos al
penúltimo número en ésta cuenta regresiva de Letrambulario, un proyecto cuya
función es ser escenario de las artes mediante la palabra escrita. Hoy, el
pelaje de las palabras quebrantarán la noche con rasguños y tejados. Una Luna
en los ojos nos hará encontrar callejones y felpudos trabalenguas. Felinescas
experiencias, maullísticos relatos y poesías con perfume de croquetas nos
interpretarán un mundo pardo, equilibrando a la más vagabunda y silenciosa
fantasía literaria en las noches de un mundo felino, donde romances de silencio
nos habrán de enredar en el pelambre cotidiano de la naturaleza gatuna. Esas
son las Letras en el tejado: toma 2,
y esto es Letrambulario radio; porque las palabras también maúllan.
Si bien se
desconoce dónde salió el primer gato, podemos asegurar que su trascendencia
hogareña se reduce a una serie de cinismos selváticos; los gatos son, por
esencia más humanos que uno. Sus defectos de arrabal tienden a ser un espejo de
soberbia.


Ahora, el gato
es el animal indiferente por excelencia; tan solo se están ahí, sobre el sofá,
durmiendo y esperando bajes a la cocina y les abras su lata de atún. Qué le
importa y hagas con tu vida, al gato desde su peluda y magna existencia le
interesa un bledo la tuya. Por ello, que mejor manera de vengarse de alguien
que regarle un gato con todas las responsabilidades que ello implica: desde
alimentarlos, cambiarle la arena, juntar sus sonoras escupidas de pelo
restregado, sin mencionar las serenatas que a la fuerza nos hace escuchar con
sus maullidos desafinados. Los gatos, pues, se saben más dueños de ti que tú de
ellos. Tan solo es cosa de medirte la cordura antes que enloquezcas con sus
sigilos de media noche. Entonces, cuando abras los ojos, el gato estará ahí,
mirándote desde sus órbitas de tigre al acecho. Y sucede que tú vas a trabajar,
que llegas a casa y el gato está en tu cama vomitando pelo u orinando los
muebles para dejar su mancha intachable de perfume íntimo. Y tú querrás patearlo,
aventarlo por la ventana, echarle sal de uvas en la boca para que corra y explote
como granada de mano. Él lo sabe, por ello tiende sus trampas de minino tierno
a tu pierna con suaves y graciosos ronroneos;
te das cuenta que no puedes mandar a la calle a un pobre gatito como
ése. Decides, en cambio, alimentarlo para que en el futuro él te lo agradezca
orinándose en las sábanas que piensas son tuyas; pero que en verdad son del
felino. El cuarto también es del gato, la sala, la cocina, y todo el resto de
la casa; debes resignarte: no eres ya otra cosa que un inquilino en sus cómodos
dominios. De hecho, bastan unas cuantas, cínicas caricias, para que te desarme
por completo. Luego, como si nada, se ponen a dormir. Por ello será que los
Egipcios los tenían como producto divino.
Yo no sé quien
dice que los perros son más inteligentes que los gatos. La verdad son más bien
estúpidos comparados con ellos. Mientras uno es el fiel compañero del hombre,
el otro, por el contrario, lo mangonea a su gusto. Nos asombra, en todo caso,
la capacidad persuasiva del gato; nueve vidas no les son suficientes para
tenernos a su merced de flojera inédita. Por ésta y otras cualidades, dedicamos
este letrambulario a los mininos. Si su gato lo permite, esperamos que
disfruten el programa.
Diego Alejandro.
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